
Siempre tuve muy claro, que para encontrar buena gente hay que buscarla entre los que no tienen nada, o los que no ambicionan poseer nada material de este mundo. Cuando viajas y duermes en hoteles de 5 estrellas, lo más normal es encontrar estupidez, prepotencia y algún analfabeto como yo, porque lo invitan.
Pero cuando se duerme con las estrellas del firmamento como techo, los más normal es encontrarte buena gente. Y eso es lo que nos pasó con Sanrha y Delfín.
Aparecieron por la playa de Torimbia cuando estábamos charlando y despidiéndonos de unos amigos. Cuando nos quedamos solos vimos que pasaban cerca nuestro paseando y los saludamos.
Empezamos a charlar y nos dijeron que estaban haciendo el camino de Santiago por la costa y que habían salido desde San Sebastián. Viajaban sin dinero, a la aventura total.
A la mañana siguiente coincidí con ellos mientras desayunaba en el chiringuito. Al rato, cuando me bañaba, él se acercó y me dijo que si le enseñaba la cueva donde había vivido una persona durante los últimos siete años. Cuando salimos del agua le dije que estaban invitados a unas botellas de sidra antes de comer.
Subieron al bar. Y al invitarles a la sidra, dijeron que no bebían y que preferían, si les invitaba, tomar un café y un helado. Al despedirnos les dije que si al pasar por Gijón les apetecía ir por nuestra casa, estaban invitados a cenar y que una cama para descansar no les faltaría.
Tras diez días nos llamaron y los fuimos a recoger. Mientras tomábamos algo nos contaron que habían dado un pequeño rodeo por el interior que yo les había recomendado. De Toranda a Nueva, Cabrales, Poncebos, Caín, Canal de Trea, Vega de Ario, Los Lagos, Covadonga, Cangas de Onís, Arriondas y Ribadesella, para una vez llegados otra vez en la costa seguir camino hasta Santiago.
Regresamos a casa para cenar. El jueves por la mañana los dejamos en casa mientras la Güela y yo nos íbamos a trabajar. Y así hasta el sábado a las dos que nos despedimos, nosotros hacia la playa de Torimbia para pasar alli nuevamente el finde y ellos a seguir su ruta, camino de Santiago.
Tras la despedida, La Güela y yo coincidimos en reconocer que aquella pareja contagiaba paz y felicidad. Una paz igual, sólo me la transmite mi viejo cuando charlo con él.
No se donde se encontrarán ahora, ni si los volveremos a ver, pero siempre tendrán un lugar en nuestro corazón, y es que la buena gente no hay que buscarla tanto como creía. Simplemente te la encuentras por casualidad.
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